¿POR QUE SOMOS ASI?

 
Cuando se cree que el mundo gira alrededor de uno, se corre el riesgo de sufrir cada herida de la Historia como un revés personal. Lo saben bien esos individuos tan especializados en la contemplación de sí mismos que, si llueve, sospechan que las fuerzas de la Naturaleza conspiran para aguarles el día, y si oyen ruido de máquinas en la calle tienen la certeza de que alguien quiere impedirles dormir. Más aún en el terreno privado, donde cada palabra, cada gesto, cada acción de los otros, por insignificante que sea, es interpretada por el egocéntrico como un dardo lanzado directo a su propio corazón.

En alguna medida todos hemos vivido la experiencia del querellante que pleitea con el mundo. Aunque no hayamos caído en el extremo patológico de creernos víctimas de una conspiración universal, percibimos anomalías de orden general como si nos afectaran particularmente a nosotros. Pedimos justicia, pero en realidad queremos que nos den la razón. Aparentamos preocuparnos por los problemas colectivos, pero no pocas veces esa inquietud acaba donde terminan nuestros intereses.

Pero no sólo les ocurre a esas personas que sobreestiman su yo. Una de las causas de padecimiento innecesario para la gente común, equilibrada y razonablemente sana, son las ofensas causadas por los otros en la vida cotidiana. Un desplante, un comentario despectivo, una provocación malintencionada, un insulto, una palabra dicha con segunda intención… Son esas piedras en el camino que hacen la vida cuando menos molesta, si no insoportable. Es lógico sentirse mal al tropezar en ellas. Nada tiene de raro que alguien se entristezca o se enoje cuando recibe el trato desairado de un semejante. Pero hay formas de atenuar ese dolor. Quien consigue hacerse inmune a las agresiones directas del entorno ha dado un paso de gigante en el viaje a la serenidad.
Quizá sea esta idea la que explique el éxito alcanzado por el libro de Miguel Ruiz, un neurocirujano mexicano reconvertido en chamán que a finales del siglo XX publicó ‘Los cuatro acuerdos’. Se trataba de una serie de preceptos de sabiduría, entre el sentido común y el espiritualismo ‘new age’, supuestamente extraídos del pensamiento de los antiguos toltecas. Uno de los cuatro ‘acuerdos’ formulados en la obra es: «No te tomes nada personalmente». Dicho de otro modo, lo que los demás digan y hagan es una proyección de su realidad, que no tiene por qué ser compartida por nosotros.
Cada uno maneja una cosmovisión particular nutrida de creencias, percepciones, prejuicios e ideas adquiridas. Tomarse las cosas personalmente -y nada digamos si además nos las ‘tomamos a pecho’- significa que admitimos el planteamiento del otro renunciando al nuestro, que permitimos que en la comunicación se imponga la realidad ajena. Desde el momento en que tomamos conciencia de que quien nos dice «eres tonto» o «no me gustas» sólo está exteriorizando una manera de pensar o de sentir, pero en modo alguno fijando unas categorías de validez universal, la cosa cambia. Sus palabras carecen de otro valor que no sea el de mostrar sus puntos de vista: no pueden servirnos para establecer juicios acerca de nosotros mismos.
Inevitablemente somos seres sociales, y como tales estamos condicionados por la opinión ajena. Admitir los juicios de los otros para no permanecer encerrados en la rigidez de nuestras convicciones nos ayuda a madurar. No es bueno tampoco formarse una imagen inalterable de uno mismo, sino que conviene estar abierto a los consejos y las reconvenciones, especialmente si provienen de aquellos a quienes reconocemos alguna forma de autoridad. Pero ser vulnerable al qué dirán revela, por paradójico que parezca, una idea sobrevalorada de nosotros mismos.

Nos creemos demasiado importantes. El que se toma las cosas personalmente, hinchándose con las alabanzas e indignándose con las descalificaciones, piensa en el fondo que los demás viven pendientes de él. Y no es así. La gente va a lo suyo, y si en algún momento se detiene a juzgar, criticar, provocar o injuriar a otro no es porque le importe especialmente la vida de ese prójimo. Lo habrá hecho guiado por su interés o su estado de ánimo, por reafirmarse en su realidad o por canalizar su ira. Sus palabras son suyas, no nuestras.

La tendencia a creer que todo cuanto ocurre a nuestro alrededor exige una respuesta de nuestra parte es improductiva. De la misma manera que no podemos gobernar el curso de los acontecimientos políticos o económicos, es imposible regular las acciones de los demás. Siendo así, ¿por qué concederles un valor mayor del que realmente tienen, que suele ser muy pequeño? Hay que dejar la responsabilidad a los otros, en vez de cargarnos con lastres inútiles. Es preciso convencerse de que lo que otras personas hagan o digan sobre nosotros tiene que ver principalmente -por no decir exclusivamente- con sus propios sentimientos, opiniones y creencias. Lo hacen por ellos y para ellos.
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