ESE LUCERITO

 
 
Noche de borrasca, una más. El mar, encrespado por la furia del temporal amenazaba con hacer naufragar aquel viejo barco ya curtido en mil batallas.
El capitán, tan viejo y cansado como el barco, luchaba por mantenerlo a flote. Simplemente esa era su única obsesión, evitar un naufragio que se le antojaba muy próximo.
En esos momentos no tenía la opción de poner rumbo a puerto alguno; la noche era oscura, densa y nuestro capitán ignoraba su posición. El temporal le había arrebatado esa antigua brújula de la que siempre había presumido.
Con escasa fe, nuestro hombre luchó hasta la extenuación, pero sus fuerzas se agotaron y la desesperación hizo mella en él. Todo estaba perdido. En esta ocasión el temporal iba a poder más que él y su viejo buque.
Ciertamente, se había enfrentado a muchos mares embravecidos y siempre había salido airoso, pero en esta ocasión, el cansancio de todas sus travesias parecía pasarle factura. Era como si todos los males del universo se hubieran aliado esa noche contra él.
Finalmente tomó la decisión que consideró más adecuada y ordenó a la tripulación abandonar la nave, no sin antes escrutar ávidamente el oscuro y tormentoso cielo que se cernía sobre él en busca de una luz que le guiara, algo, cualquier cosa que le devolviera la esperanza ya perdida.
La tripulación, fiel y leal desde siempre, se negó a acatar la orden. No estaban dispuestos a abandonar a su merced a aquel hombre que siempre los había llevado con ellos en los buenos y en los malos momentos. De algún modo, se sentían parte no sólo del barco, sino incluso del mismo capitán.
Su negativa a abandonar el barco aumentó más aún el desasosiego de nuestro protagonista, pero sacando fuerzas de lo más profundo de su interior, alzó la voz con energía, esa misma energía que le faltaba para continuar en la lucha; y de nuevo con voz firme y tajante ordeno el desalojo de la embarcación.
Uno a uno, cabizbajos, tristes, los miembros de la tripulación fueron descendiedo hacia la chalupa que el mismo capitán se había visto obligado a botar ante la negativa de sus leales marineros.
Y así, una vez se hubo asegurado de haber quedado sólo en ese barco maltrecho, se dispuso a afrontar su suerte y se tumbó a proa empapado por esas lágrimas que el cielo enviaba en oleadas contra él y que parecían enojar al mar, que pugnaba por elevar sus aguas hasta esas nubes furiosas.
Allí, tumbado, recordó la forma súbita e imprevista con la que se había formado esta tormenta, sin un aviso, sin ninguna señal previa. El azul y luminoso cielo bajo el que navegaba con placidez se había tornado oscuro y violento sin dar tiempo a una mínima reacción.
Ya sólo y sabiendo que la tripulación estaba a salvo saboreó su ya más que definitiva derrota con un sabor amargo
Mas de pronto, pareció que amainaba el temporal pero era unicamente una momentanea pérdida de fuerza; aunque lo suficiente como abrir un pequeño hueco entre las espesas nubes.
Y, a través de aquel hueco llegó a vislumbrar la tenue luz de un brillo en el cielo.
Se sobresaltó y, tras frotarse los ojos como queriendo convencerse de que el brillo era real, fijo su atención en ese punto luminoso. Era un lucero, el más bello que recordaba haber visto jamás.
Como un resorte saltó hacia el timón del barco y, aún luchando contra el fuerte oleaje, puso rumbo hacia esa luz que parecía indicarle el camino hacia algún desconocido puerto. Pero sus fuerzas no eran bastantes para manejar el barco. Tan sólo entonces se dio cuenta de que estaba solo, de que, en su afán de protegerla había hecho desembarcar a la tripulación.
De nuevo el desasosiego le invadió, quería poner proa hacia ese lucero salvador, pero sabía que no podría hacerlo solo.
Y en el instante en que iba a apartar las manos del timón, escuchó voces, unas voces conocidas y que parecían resonar en su interior. Se giró y vio que por una escala a la que habían atado, sin él saberlo, la chalupa, iban retornando al barco los miembros de la tripulación. No sabía si gritar enojado por la desobediencia o abrazarlos con la fuerza de la amistad sincera de quienes se negaron a abandonarlo a su destino.
Juntos se hicieron con el barco y lograron hacerlo avanzar hacia ese mágico lucero de sin igual belleza. Y juntos arribaron guiados por él al puerto de la Isla Felicidad. En ella atracaron y, juntos juraron permanecer en ella en tanto el lucero siguiera brillando sobre ellos.
Esta pequeña historia no tendría razón de ser sin identificar a los personajes que la integran, porque ese viejo capitán era, ni mas ni menos, que yo mismo; el barco, mi propia vida y esa leal tripulación estaba formada por mis sentimientos.
Y ese lucero, mi linda gatita, bien lo sabes, eras Tu
 

2 Responses to ESE LUCERITO

  1. Mari Carmen says:

    Que nuestros ritmos vitales sean distintos (tú nocturno y yo diurna) tiene a veces estas recompensas: levantarme, preparar un café, mirar el ordenador para ver las novedades del mundo y encontrarme con este relato. Gracias, por éstas y todas las hermosas palabras que me dedicas cada día. Ya sabes… 3,1416… etc, etc, etc

    Responder

  2. Franchesska says:

    ¡¡¡Precioso Joaquín!!!… ¡¡¡enhorabuena Mari Carmen!!!… me voy sin hacer ruido, perdón por la intromisión… besitos

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